Es la tercera vez que borro todo lo que había escrito. No entiendo cómo teniendo tantas cosas adentro en este momento no me salen las palabras. Lágrimas me sobran, brotan con una facilidad que en otros tiempos hubiera adjudicado al discurso.
No puedo decir que me tomó por sorpresa, ni que no sabía que me iba a doler. Tampoco es que duele más de lo que esperba, sólo que había olvidado lo que es este tipo de dolor. No es decepción, no es bronca, es simplemente tristeza. No hubo promesas sin cumplir, no hubo engaño. Entre nosotros sólo hubo sentimientos que acaso imprudentemente dejamos llegar demasiado lejos.
No hay reproches, no hay arrepentimientos. Volvería vivirlo una y mil veces (¡ojalá pudiera!)... Pero esta madrugada me encuentra llorando por sobre todas las cosas la pérdida de un gran amigo antes que todo lo demás.
Miles de frases trilladas se me vienen a la cabeza, y como alguna vez escribí en el blog de una Amiga que me prestó el espacio: qué triste es volver a reconocerse en ellas. Por momentos no dejo de preguntarme si vale la pena exponerse a esto por lo poco que parece durar la felicidad. Pero después recuerdo esos momentos compartidos, las risas, las miradas, las caricias, los besos, los abrazos y por más que nuevamente se me humedezcan los ojos tengo la certeza de que sí, lo vale.
No sé cómo terminar este post. Probablemente porque falta para que pueda cerrar esta historia. Todavía me quedan muchas cosas por escribir, pero se me hace cada vez más dificl desentrañar ideas lógicas de la maraña de sentimientos.
Adentro quedan recuerdos, de esos lindos que son como puñales, ilusiones que no debí permitirme generar pero que fue inevitable, suspiros por escaparse y todo lo que podría haber sido y no será. Pero también, queda el saber que todo lo que hice, hicimos, fue provocado por sentimientos sinceros. Y aunque en este momento no lo sienta, sé que no hay mayor consuelo que ese.